lunes, 18 de septiembre de 2017

No es mío, pero es interesante (CVI)

Un mes más tenemos una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Como de costumbre, hay blogs que consiguen colar más de una aportación, como son los casos de Microsiervos y Ya está el listo que todo lo sabe, con ocho y dos posts, respectivamente. Y para variar, mucha variedad: matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Echémosle un vistazo a la entrega de hoy:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que haya sido así y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

martes, 12 de septiembre de 2017

Viaje a Francia: día 2

Martes, 18 de julio de 2017

6:30
Como suele ser habitual cuando viajamos, el primero en levantarse de la cama fui yo, tras lo cual fui al baño a asearme mientras mis amigos seguían durmiendo. Cuando terminé, les desperté para que no remolonearan más de la cuenta y se pusieran en marcha, ya que teníamos un tren que coger que ya estaba pagado y no debíamos perderlo. Mientras ellos iban al baño, yo empecé a vestirme y a preparar todo lo que nos haría falta a lo largo del día que pasaríamos en Carcassonne: mi cámara de fotos, la lista de sitios que visitar, el mapa de la ciudad, los billetes de ida y de vuelta del tren (9 € nos costó cada trayecto por persona), etc. Antes de irnos, tanto Jose como Miguel se prepararon un café aprovechando que entre las cosas que nos había dejado el casero había cápsulas y leche; una vez que se lo tomaron, salimos del apartamento cuando ya eran las ocho menos veinticinco.
Debido a lo temprano que era, no nos cruzamos prácticamente con nadie hasta que llegamos al Boulevard de Strasbourg, donde vimos una estatua dedicada a Jeanne d'Arc. A continuación, nos desviamos por la larga Rue de Bayard, al final de la cual llegamos a la estación de Toulouse-Matabiau, cuyo imponente edificio mantiene las líneas clásicas de las antiguas estaciones de tren. Cuando entramos ya eran prácticamente las ocho, y nuestro tren salía a las 8:06, así que buscamos rápidamente el panel de las salidas para saber a qué vía ir, pero en ninguna de ellas aparecía Carcassonne como destino. No os podéis imaginar el agobio que nos entró. Nos acercamos al mostrador de información, pero entre que había algo de cola y que con los nervios quizás no sabríamos explicarnos, volvimos a mirar al panel y nos dimos cuenta de que de la vía 6 iba a salir un tren a Barcelona a las 8:06, precisamente a la misma hora que el nuestro, por lo que dedujimos que la de Carcassonne sería una de sus paradas.
Nos fuimos corriendo en busca de las vías, y yo mientras tanto mirando mi reloj todavía más agobiado: las 8:03, las 8:04... En la vía 6 había un tren parado, al cual nos subimos sin confirmar ni tan siquiera que era el nuestro, que por fortuna finalmente lo fue. Casualmente, nos habíamos montado en el coche 18, el que correspondía a nuestros asientos (65, 66 y 67), situados en la planta superior, a los cuales subimos con la lengua todavía fuera y jadeando por la carrera que nos habíamos pegado. Los 50 minutos que duró el viaje nos vino de perlas tanto para reponernos del susto que acabábamos de pasar como para descansar un poco más aparte de lo que habíamos dormido, apenas unas seis horas y media. A medio camino vino el revisor, a quien le enseñamos los billetes para que comprobase que todo estaba en orden y que, por consiguiente, no nos habíamos equivocado; de hecho, en nuestro vagón había una pantalla que indicaba que la primera parada del tren sería precisamente la nuestra.

8:56
El tren llegó a Carcassone a su hora. En nuestro pensamiento estaba desayunar en una cafetería de la estación, pero una vez allí nos encontramos con que no había ninguna, lo cual nos extrañó muchísimo, por lo que salimos a la calle en busca de un sitio para ello. El cielo estaba nublado y además hacía bastante fresco, lo que nos hizo temer que iba a llover de forma inminente; por suerte, no corrimos peligro en este sentido, ya que el día se fue abriendo poco a poco. Paramos un momento en el Pont Marengo, sobre el Canal du Midi que también veríamos en Toulouse al día siguiente, para consultar en el móvil de Miguel las recomendaciones de TripAdvisor sobre dónde desayunar en Carcassonne, pero las pocas opciones que mostraba no nos terminaban de convencer. En cualquier caso, cuando nos adentramos en la ciudad comprobamos que las calles estaban casi vacías, en silencio, con todos los comercios cerrados, incluidas las cafeterías, y eso que ya eran las nueve de la mañana.
Ante este panorama, le propuse a mis amigos que fuésemos visitando lo que nos pillase de paso hasta que diésemos con alguna cafetería abierta. En primer lugar entramos en la Chapelle des Carmes, una enorme capilla de estilo gótico que, a pesar de está un poco descuidada por los desconchones y grietas que presenta, cuenta con varias capillas y vidrieras reseñables. Nos acercamos ahora a la iglesia de Saint Vincent, que según lo que tenía apuntado abría a las diez, y así fue, puesto que todavía estaba cerrada, así que seguimos paseando hasta llegar a la Place Carnot, donde por fin empezamos a ver algo de movimiento, en parte gracias a que en ella había un mercado con varios puestos vendiendo fruta, verdura, embutidos, etc. En la plaza vimos dos o tres cafeterías ya operativas, pero sus precios eran un tanto excesivos (6 o 7 € un café, un zumo y una pieza de bollería), por lo que seguimos dando vueltas por los alrededores hasta que en una de sus bocacalles dimos con La Mie Câline, una panadería y pastelería con unos precios más asequibles en la que definitivamente desayunaríamos.
Tras echarle un vistazo a las vitrinas, me decanté por una napolitana (en Francia lo llaman 'pain au chocolat') y un vaso de chocolate caliente que me costó 2'5 €, menos de lo que pensaba porque esa combinación era uno de los menús de desayuno que ofrecían, mientras que mis amigos se tomaron un café y unos croissants. La napolitana estaba bastante buena, mientras que el chocolate caliente era más bien escaso, se bebía en apenas tres o cuatro sorbos, y tampoco era nada del otro del mundo. Al menos salimos del paso y saciamos el hambre que teníamos, que llevábamos casi tres horas sin probar bocado. A las diez nos fuimos de allí para retomar la visita a la ciudad con la Église Saint Vincent, que ahora sí ya estaba abierta, al igual que los comercios y las calles, que ya tenían algo más de vida.
Mis amigos, poco aficionados a las iglesias, se sentaron en uno de los bancos mientras yo la visitaba a mi ritmo. Esta iglesia era bastante más grande que la que estuvimos antes, y también mejor conservada; de ella se podrían destacar varias cosas, como por ejemplo un detalle que vería en otras muchas iglesias durante el viaje, y es una capilla dedicada a los oriundos de la ciudad que murieron por Francia en la Primera Guerra Mundial, así como su estilo gótico languedociano, las alargadas vidrieras del ábside y el órgano. Teníamos la posibilidad de subir a la torre campanario de esta iglesia y disfrutar de unas buenas vistas de la ciudad, pero preferimos reservar fuerzas, así que de allí volvimos a la Place Carnot, esta vez para ver con un poco más de detenimiento los puestos del mercado y la Fuente de Neptuno situada en el centro de la plaza.
Continuamos nuestra ruta por la Rue de Verdun, la más importante de la Bastide Saint-Louis, que así es como se conoce a la parte céntrica de la ciudad, y luego por Les Halles, un edificio porticado que antiguamente era un mercado de semillas, carne y pescado y que ahora alberga, además del mercado, una biblioteca y una mediateca, para llegar a una de las puntos más importantes de Carcassonne, la Cathédrale Saint-Michel, un templo que empezó a construirse en el siglo XIII pero que en realidad ostenta el título de catedral desde hace poco más de doscientos años, cuando dejó de serlo la de Saint-Nazaire, situada en la Cité. El interior me recordó bastante a la de la iglesia en la que habíamos estado apenas media hora antes, también de estilo gótico Languedoc y bóveda de crucería, aunque un poco más vistosa y mejor ornamentada, pero no tanto como otras catedrales de ciudades más grandes e importantes. Me gustó si cabe más por fuera con su gran rosetón, las expresivas gárgolas y el foso que la rodea, donde se halla una llamativa cruz coronada por un gallo dorado.
Nos encontrábamos ahora justo en un paseo arbolado situado en el lado sur de la Bastide, a muy pocos metros del Portail des Jacobins, la única de las cuatro puertas que se conserva de la muralla que rodeaba la ciudad, de la cual se mantiene en pie una parte anexa al pórtico. Nos adentramos de nuevo en el centro para pasear tranquilamente por sus calles, casi todas peatonales, muy limpias y llenas de turistas; también me percaté de que casi no vi ninguna tienda de souvenirs, pero sí bastantes librerías, tal y como advertí el día anterior en Toulouse. Desembocamos por tercera vez esta mañana en la Place Carnot, y, tras desviarnos por la Rue Barbès y continuar por el Boulevard Jean Jaurès, llegamos a la Square Gambetta, una alargada plaza en la que destacan la fachada neoclásica del Musée de Beaux-Arts y las diversas esculturas de bronce que hay repartidas por entre sus zonas ajardinadas.
Eran ya casi las once y media y resulta que ya habíamos visto prácticamente todo lo que tenía apuntado de la zona de la Bastide Saint-Louis, es decir, que si seguíamos a este ritmo, que en realidad era bastante pausado, nos plantaríamos en la Cité en poco más de media hora, y eso implicaría tener que almorzar allí, lo cual queríamos evitar porque todos sus restaurantes son los típicos que tienen menús un poco subidos de precio para la calidad que suelen ofrecer aprovechando el tirón turístico. Ante esta situación, Miguel y Jose propusieron hacer un alto en un quiosco bar que había en la plaza para tomarse un refresco, minutos que aprovechamos para pensar qué hacer. Tras analizar las pocas posibilidades que había, decidimos terminar de visitar lo que quedaba de esta parte de Carcassonne y luego ir en dirección a la Cité para almozar antes de subir en Le Passage, uno de los sitios que tenía apuntados en mi lista, que, además de restaurante, también es un hostal.

12:05
Una vez que mis amigos se terminaron sus refrescos, nos pusimos de nuevo en pie para continuar con nuestra ruta. En primer lugar, fuimos hasta el otro extremo de la plaza, donde hay un monumento de piedra al lado de una gran bandera de Francia, y a continuación cogimos por la Rue des Calquières, al final de la cual nos topamos con la Chapelle Notre Dame de la Santé, una pequeña capilla situada junto al río Aude y que apenas presenta ornamentación alguna, aunque lo que más llama la atención es que en una de sus paredes, alrededor de una hornacina con una Virgen en su interior, hay numerosas placas de mármol dejadas por fieles en las que está grabada la palabra 'Merci', algunas también con el nombre de una persona o un año en concreto, algo que también veríamos en muchas otras iglesias a lo largo del viaje. Ya fuera, nos acercamos a un pequeño mirador desde el cual se ve el río y el Pont Vieux, pero no la Cité, que a pesar de estar sobre una colina se escondía tras los altos árboles que están en la otra orilla.
Avanzamos ahora por la Rue des 3 Couronnes, donde se encuentra Le Dôme, un monumento peculiar por la forma que tiene, pues parece una torre abierta y coronada por una cúpula, y que al parecer formaba parte de un antiguo hospital. Volvimos a la Square Gambetta para abandonar definitivamente la Bastide Saint-Louis y seguir por el Pont Neuf, lugar desde el que se tiene una espectacular panorámica de la Cité, con sus murallas, su castillo y sus torres, así como del Pont Vieux al completo, una estampa muy medieval. Como os podéis imaginar, me pasé allí varios minutos haciendo fotos, aunque la pena fue que no me salieron tan bien como pretendía debido a que el sol lo teníamos justo encima, y por lo tanto los rayos hacían que el cielo estuviese blanquecino y no azul como a mí me hubiese gustado para tener un mejor contraste. Cuando terminamos de cruzar el puente, continuamos por la Place Gaston Jourdanne y luego por la Rue Trivalle, donde encontramos Le Passage, el restaurante en el que habíamos decidido comer.
Al entrar, una de las camareras, que por cierto se defendía con el español, nos llevó a un pequeño patio situado al final del local con un par de árboles que daban una sombra que se agradecía, ya que empezaba a hacer algo de calor. La carta apenas contenía diez o doce platos, así que no tardamos mucho en decidirnos, pero cuando vino la camarera a tomarnos nota empezaron las complicaciones. Primero le pedimos una bandeja grande de quesos y una tabla de embutidos, y además le preguntamos cuál era el plato de la semana que indicaba la carta, a lo que nos dijo que era arroz con sepia; le dijimos que nos lo pusiera para compartir como los otros, pero nos dijo que eso no era posible, por lo que de forma apresurada nos decantamos por un combinado de tapas de verano con ensalada, mientras que para beber le pedimos una jarra de agua del grifo.
En apenas cinco minutos nos trajeron tanto la bandeja de quesos, que menos mal que era la grande porque era más bien escasa, y el combinado de tapas, que en absoluto se parecía a lo uno entiende por tapas, pues más bien era una ensalada con un par de lonchas de jamón serrano, tres tajos de melón y cuatro tarritos cuyos contenidos no fuimos capaces de identificar. La bandeja traía cinco tipos de quesos que estaban solamente aceptables, sin alguno que destacara sobre manera, mientras que las tapas fueron un auténtico fracaso, de hecho dejamos los tarritos medio llenos y también parte de la ensalada. De la tabla de embutidos nada supimos, y ni tan siquiera nos molestamos en reclamarla viendo el nivel de los otros dos platos. En resumen, lo mejor fueron las rodajas de pan (que, por cierto, venían servidas de una manera original, atravesadas por una barra metálica en vertical), puesto que comimos más pan que otra cosa. Por lo menos el almuerzo nos salió barato, 23'50 € en total, pero fue con diferencia la peor comida del viaje.
Salimos del restaurante a las dos para dirigirnos al plato fuerte del día: la Cité, la ciudadela fortificada de Carcassonne. Para llegar hasta allí tuvimos que subir por un camino que bordea la muralla exterior y que lleva hasta uno de los cuatro accesos que tiene, la Porte Narbonnaise, aunque antes visitamos el Cimetière de la Cité. Si por algo destaca este cementerio es por la poca presencia de flores en los cientos de tumbas que hay, pero en cambio están repletas de 'souvenirs' (recuerdos), pequeñas losas de piedra o mármol con diversos motivos (religiosos, de la profesión que ejercían...) que dejan los familiares y amigos de los difuntos, que los hay de hace dos siglos y tan recientes como de este mismo año. Bien es cierto que un cementerio no es un lugar muy atractivo de ver por su significado, pero hay algunos como éste que por su ubicación, sus vistas y su majestuosidad merecían unos minutos de nuestra estancia en Carcassonne.
Entramos a la ciudadela por la citada Porte Narbonnaise, muy reconocible por su dos torres cubiertas por unas llamativas tejas anaranjadas y porque junto a ésta se encuentra una réplica del busto de la Dama Carcas, protagonista de una leyenda que es la que da nombre a la ciudad, aunque en realidad no entramos del todo, sino que paseamos por el sendero comprendido entre las murallas exterior e interior, salpicadas ambas por numerosas torres. Caminar por allí era como viajar en el tiempo hasta la Edad Media, y es que, de no ser por las ropas que vestíamos, cualquiera diría que habíamos retrocedido 600 u 800 años; en este paseo, así como más veces en el tiempo que estuvimos en la Cité, nos cruzamos con una calesa tirada por dos caballos de una raza muy similar, si no idéntica, a la de los caballos que recordaba haber visto en una situación similar en Salzburgo dos años atrás.

14:35
Al final de este sendero llegamos a la Puerta de Saint-Nazaire, junto a la cual había una larga cola formada esperando para asistir al torneo de caballeros (de ésos que van con armadura a caballo portando una lanza) que tendría lugar unos minutos más tarde, eso sí, previo pago de 12 €, lo cual no estaba en nuestros planes, por lo que ahora sí que nos adentramos definitivamente en la ciudadela propiamente dicha. Lo primero que nos encontramos fue la Basilique Saint-Nazaire, que, como indiqué más arriba, fue la catedral de Carcassonne hasta que en 1801 pasó a serlo la de Saint-Michel. El interior estaba lleno de turistas, todo lo contrario que las iglesias que habíamos visitado en la Bastide, en parte justificado por estar ubicado en la Cité y también por su gran belleza e interés artístico, pues combina dos estilos: el románico, presente en las naves y la bóveda de cañón, y el gótico, fácilmente distinguible en el ábside con sus coloridas vidrieras y rosetones. También merecen mención diversos elementos del templo, como por ejemplo su imponente órgano, una estatua de Juana de Arco, el púlpito, etc.
Ahora tocaba callejear un poco por las estrechas y laberínticas calles de la ciudadela, con sus letreros de hierro forjado y sus edificios construidos en piedra al más puro estilo medieval, entre ellos el del Hôtel de la Cité, cubierto además por enredaderas, y muchos otros dedicados al turismo (tiendas de souvenirs, heladerías, pastelerías, restaurantes...), pero lo que sí que podía presumir de ser 100 % medieval era el Château Comtal. Si cierras los ojos y te imaginas un castillo de la Edad Media, sin duda alguna se parecería al que teníamos delante en ese momento. A pesar de que la visita al castillo costaba 9 €, un importe razonable, decidimos no entrar y conformarnos con verlo únicamente por fuera, que ya de por sí merecía mucho la pena, y avanzamos hasta la Place du Grand Puits, llamada así porque en ella se encuentra el pozo grande, uno de los que surtía de agua a la ciudad siglos atrás.
Cuando voy de viaje, una de las cosas que siempre hago es comprarme una o dos camisetas de recuerdo, y de Carcassonne quería llevarme una. El problema era que todas las tiendas de souvenirs que había visto apenas tenían dos o tres modelos que no me terminaban de gustar, y algunas ni siquiera tenían camisetas, pero precisamente en esta plaza di con una tienda dedicada exclusivamente a éstas, llamada Comptoir des Remparts. Tenían por lo menos diez o doce serigrafías diferentes, aunque con poca variedad de colores (tonalidades azules y grises) y un pelín caras (15 €); le eché un ojo a un par de ellas pero no compré nada por si acaso veía una mejor en otra tienda de la Cité. De allí, bajamos por una cuesta al foso del castillo, ya que esa parte se puede visitar libremente; en dicho foso, atravesado por un puente que conecta el castillo con el acceso principal, había varias jardineras con diversas plantas, así como bancos de madera donde nos sentamos unos minutos para descansar antes de continuar con la visita.
Luego seguimos por una calle por la que no pasaba nadie, pero que desembocaba en la Porte de Rodez, el acceso norte de la ciudadela. Mis amigos se quedaron por dicha puerta mientras yo me acercaba hasta la muralla para contemplar las vistas que desde allí había, puesto que se veía casi toda la Bastide Saint-Louis, destacando sobre todos los tejados la torre de la Église Saint Vincent que habíamos visitado tras el desayuno. Seguimos callejeando auxiliados por el mapa que llevábamos impreso para tratar de pasar por todas las calles de la Cité, aunque por ejemplo no podíamos transitar por una parte elevada que rodea la muralla porque estaba incluida en la entrada del castillo. Tras entrar unos minutos en la oficina de turismo, situada en el interior de una de las torres, llegamos a la Porte Narbonnaise, la puerta por la que habíamos entrado en la ciudadela, para esta vez recorrer la calle que parte de ella, rebosante de turistas entrando y saliendo de las numerosas tiendas con las que cuenta; por cierto, una de ellas estaba especializada en pastas y galletas y dentro olía tan bien que daban ganas de quedarse allí toda la tarde.
Al final de esta calle llegamos a la entrada del castillo, muy cerca de la tienda de camisetas en la que estuve antes, así que, como no había visto ninguna otra que me gustase en otra tienda, nos acercamos a ella para comprar una de las camisetas que me habían llamado la atención, en concreto una de color azul, mientras que Jose compró en otra tienda un imán y una postal de Carcassonne. A continuación, deshicimos parte de nuestros pasos para ir a la Place Marcou, donde hicimos un pequeño descanso sentados en la base de un bonito crucificado y a la sombra de un gran árbol de esta plaza, tras lo cual reanudamos la marcha para seguir por la Rue du Plo, a mediación de la cual nos topamos con el Petit Puits, es decir, el pozo pequeño. Ya nos quedaba muy poco que ver, tanto de la Cité como de Carcassonne propiamente dicho, y el 'problema' que se nos presentaba era que casi eran las cinco y hasta las nueve no saldría nuestro tren, por lo que teníamos por delante unas cuatro horas que había que rellenar de alguna manera. Teníamos la opción de merendar algo en alguna de las creperías que habíamos visto callejeando por la ciudadela, pero finalmente la idea no fructificó y seguimos paseando a un ritmo pausado.
Al llegar a la Basilique Saint-Nazaire, nos desviamos por la Rue du Four Saint-Nazarie, una calle surcada por varios arcos, completamente adoquinada y rodeada por paredes de piedra que desemboca en la Porte d'Aude, la cuarta puerta de la Cité que nos quedaba por ver y que sería la que utilizaríamos para salir de ella. Esta salida tiene la particularidad de ser un tanto zigzagueante, con varios recovecos, debido a que esta parte de la muralla se hizo así para confundir a los atacantes que intentaban penetrar en la ciudadela. Además, se encuentra en la parte de la colina con más pendiente, por lo que cuenta con escalinatas y rampas empinadas; por suerte, casi todas ellas las cogimos cuesta abajo, aunque lo malo era que los adoquines se te clavaban en los pies, por lo que había que bajar con cuidado.
Entre que yo iba muy lento y que un grupo de tres turistas me pidió que les echase una foto con el castillo de fondo, Miguel y Jose llegaron un poco antes que yo a abajo del todo, justamente donde se erige la Église Saint-Gimer. Ellos prefirieron quedarse sentados fuera en un banco, así que entré yo solo a esta iglesia, que, si bien tiene poco más de 150 años, tiene muchos rasgos propios del gótico, especialmente en su interior, como prueban sus arcos ojivales, su bóveda de crucería y sus vidrieras, eso sí, no causaban el mismo impacto que un gótico auténtico. Ahora bien, de nuevo me encontré con que esta iglesia, como otras tantas que visité durante el viaje, también presentaba una dejadez más que evidente, ya que tenía bastantes grietas, desconchones y humedades que deslucían, y mucho, sus naves y capillas. De nuevo fuera los tres juntos, nos dimos cuenta de que tanto Jose como yo teníamos los brazos un poco quemados como consecuencia de llevar ya dos días andando a pleno sol, aunque en mi amigo era mucho más notorio.
Curiosamente, el cielo comenzaba a nublarse conforme pasaban los minutos mientras nosotros estábamos allí en un banco, descansando a los pies de la Cité, que se erigía a nuestra derecha coronando la colina sobre la que se asienta. Poco antes de las seis, nos pusimos en pie para ir en dirección al centro de Carcassonne, y para ello tiramos por la Rue Barbacane y enlazamos con el Pont Vieux que ya habíamos visto al mediodía, un puente medieval, peatonal y en el que me sentía obligado a mirar hacia atrás conforme avanzaba para echarle un último vistazo y una última foto a la ciudadela, así como otra que me pidió que le hiciese un grupo de españoles que pasaba por allí. Al final del puente dejamos a nuestra izquierda la Chapelle Notre Dame de la Santé para continuar hacia la derecha hasta llegar a la Square Gambetta, en la que vimos algunas de las esculturas de bronce que no habíamos advertido por la mañana. Seguidamente, cogimos por la Rue Verdun, donde pasamos por delante de la Chapelle des Dominicaines, de la que llama la atención su fachada de estilo neogótico.

18:15
Nos encontrábamos ahora en la Place Carnot sin saber ya muy bien qué hacer, ya que el sitio de la cena lo teníamos decidido de antemano, pero todavía quedaba una hora para que abriese. Tras dar una pequeña vuelta por la plaza, Jose dijo de entrar en una perfumería para comprarse una crema after-sun, puesto que los brazos los tenía bastante rojos; sin embargo, cuando vio que el bote costaba 32 €, decidió no comprarlo, puesto que además era de un tamaño superior al que permiten en el control de seguridad del aeropuerto, y no iba a tirar el dinero así como así. Casualmente, a apenas diez metros había una farmacia en la que vendían un pack de crema solar y after-sun por algo menos de 15 €, por lo que se decantó por él. Nos sentamos en un banco situado justo delante de la farmacia para descansar y dejar que pasasen los minutos, al tiempo que Jose aprovechó para echarse un poco de crema y que le fuese haciendo efecto. La espera se nos hizo un poco larga, y además sabiendo que íbamos a cenar a una hora nada habitual para nosotros, sobre las siete y media u ocho de la tarde, pero no nos quedaba otra teniendo en cuenta que el tren partía a las nueve hacia Toulouse y que una vez allí sería difícil encontrar algo abierto.
Poco después de las siete nos levantamos y giramos hacia la Rue Barbès, para lo cual tuvimos que sortear grandes bloques de piedra que cortaban el paso de vehículos como medida de protección ante posibles atentados, ya que en la plaza se iba a congregar bastante gente para el Festival de Música que tiene lugar en Carcassonne en estas fechas. En apenas un par de minutos llegamos al Stanley Burger, una pequeña hamburguesería con la típica ambientación americana de los 70 que acababa de abrir, por lo que todavía estaba vacío. Nos atendió un camarero joven que, tras invitarnos a sentarnos en la mesa que quisiéramos, nos advirtió en un inglés medio decente que el cocinero llegaría en unos quince o veinte minutos, a lo que le dijimos que no se preocupara, que de momento no teníamos prisa. Mientras tanto, aprovechamos para echarle un vistazo a la carta y elegir lo que íbamos a cenar cada uno.
A las ocho menos cuarto, el camarero vino a tomarnos nota. Los tres pedimos un menú completo de hamburguesa con patatas fritas y Coca-Cola Zero, para mí una hamburguesa Mountain Stanley y una Sweet Stanley para mis amigos, doble en el caso de Jose, que tenía bastante hambre. Cuando nos trajo los refrescos, nos llevamos una grata e inesperada sorpresa, y no porque las latas tuviesen una forma diferente a la que estamos acostumbrados (más alta y estrecha que las de España), sino porque en cada una de ellas aparecía el nombre de una ciudad turística: Hawái, Lacanau y... ¡¡¡Málaga!!! Con la de cientos de sitios que habrá elegido Coca-Cola para sus latas y resulta que nos toca el de nuestra ciudad estando de turismo en Francia. Más curioso no podía ser, así que decidimos llevarnos la lata de recuerdo una vez que terminásemos de cenar, aunque sabiendo que quizás nos la requisarían en el aeropuerto a pesar de estar vacía.
Pasadas las ocho, el camarero nos trajo las hamburguesas, que venían en una tabla junto con un cuenco de patatas fritas, mientras que en la mesa teníamos un vaso con varios sobres de mayonesa, kétchup y mostaza por si queríamos condimentarlas. El tamaño de las hamburguesas era el correcto, ni pequeñas ni grandes, a excepción de la de dos pisos de Jose, a quien le costó terminársela. La mía llevaba bacon, lechuga, tomate seco (lo aparté porque no me gusta), cebolla y salsa barbacoa, mientras que las de mis amigos tenían rúcula, lechuga, tomate, cebolla, queso de cabra y salsa de la casa. Tanto ellos como yo quedamos muy conformes con nuestras respectivas elecciones, incluido el precio (9'20 € mi menú), en mi caso sobre todo porque la carne estaba muy hecha y no un poco cruda por dentro como le gusta a casi todo el mundo. Sobre las ocho y media le pedí la cuenta al camarero, ya que hoy yo era el encargado de pagar las comidas que hiciésemos; mi intención era hacerlo con tarjeta, pero, viendo que el camarero no daba con la tecla a la hora de usar el datáfono, tuve que recurrir a efectivo para pagarle.
Sin mucho tiempo que perder, aunque con más margen que por la mañana, nos dirigimos a la Gare de Carcassonne, para lo cual tiramos por la Rue Barbès y luego por la Rue Georges Clemenceau hasta llegar al Pont Marengo y cruzar a la estación. Ahora sí que no había ninguna duda de cuál era nuestro tren, que sería el que saliese de la vía 2 a las 20:59; de hecho, ya estaba allí cuando llegamos, y casualmente teníamos asignados el mismo vagón (18) y los mismos asientos (65, 66 y 67) que el tren que cogimos por la mañana. Si en el trayecto de ida fuimos Miguel y yo los que nos sentamos juntos, esta vez fueron ellos dos los que iban en asientos contiguos, así que yo me quedé solo al otro lado del pasillo, pero no tenía acompañante, por lo que pude recostarme un poco entre los dos asientos e ir más cómodo. Pasaban los minutos esperando a que viniese el revisor para que nos pidiera los billetes, pero nunca llegó, lo que nos hizo pensar que cada uno de nosotros le habíamos regalado 9 € a la SNCF, la empresa de ferrocarriles de Francia.
Llegamos a la estación de Toulouse-Matabiau a las 21:42, ya prácticamente de noche y con una temperatura bastante agradable y fresca. Al salir de la estación, cogimos por la Rue de Bayard, luego nos desviamos a la derecha por el Boulevard de Strasbourg y a continuación cruzamos para continuar por la Rue Saint-Bernard, al final de la cual nos topamos con la Basilique Saint-Sernin, cuya torre ya estaba iluminada a esa hora, así que aproveché para hacer las últimas fotos del día; después, seguimos por la Rue Emile Cartailhac, la Rue des Salenques, la Rue Lascrosses y finalmente la Rue des Quêteurs, la de nuestro apartamento. En cuanto llegamos, les dije a cada uno cuánto me debían del almuerzo y de la cena para que lo abonasen a través de Bizum, que fue el método que usamos durante todo el viaje para este cometido. Tras ello, comenzó la ronda de duchas, empezando por mí y seguido por Miguel y Jose; además, aproveché para ponerme la camiseta que me había comprado en Carcassonne y comprobar que me quedaba perfecta. Una vez duchados, acordamos que al día siguiente nos levantaríamos a las ocho, ya que tendríamos que desayunar en la calle, y de esta forma aprovecharíamos mejor la mañana. A las doce ya estábamos los tres acostados, un poco cansados por todo lo que habíamos andado, pero es lo que tiene viajar y conocer sitios nuevos...

miércoles, 6 de septiembre de 2017

No abras los ojos

La semana pasada terminé de leer mi cuarto libro de este verano, concretamente 'No abras los ojos', del novelista estadounidense John Verdon.
Una novia ha sido asesinada durante el banquete de su boda de una manera brutal, con la cabeza cortada, y todas las sospechas apuntan al jardinero de la casa en la que vivía junto con su pareja. Han pasado cuatro meses y nada se sabe del paradero del supuesto asesino, Héctor Flores, así que la madre de la joven difunta decide ponerse en contacto con David Gurney, detective retirado de la Policía de Nueva York, para que investigue el caso por su cuenta a cambio de una suculenta gratificación. Gurney se muestra reticente a involucrarse en la investigación, pero finalmente decide implicarse durante un plazo máximo de dos semanas a pesar de que esto conlleva pasar menos tiempo con su esposa Madeleine, quien no termina de aceptar que su marido retome su labor policial, lo puede quebrar su matrimonio. Las sucesivas entrevistas y pistas que Gurney irá encontrando le harán ver que Héctor Flores no es quien parece ser y que detrás de este cruel asesinato se esconden otros asuntos igual de sórdidos.
Me he llevado una cierta decepción con la continuación de la saga protagonizada por el detective David Gurney que dio comienzo con 'Sé lo que estás pensando'. Si en este primer libro me quejaba levemente de que había ciertos pasajes que no aportaban nada a la trama, en este puedo afirmarlo con más rotundidad, y además tengo que añadir que el autor se embrolla demasiado con los continuos giros que experimenta el caso, tiene muchos altibajos, que en mi caso me ha creado confusión y un poco de pesadez en la lectura. En sí el argumento es más que atrayente, una novia decapitada horas después de casarse y un asesino al que nadie es capaz de dar caza, aunque, como digo, la investigación se torna muy compleja, tanto que el final no termina de aclarar todo lo ocurrido como a mí me gustaría. Lo que sí conviene destacar es la capacidad que tiene Gurney de fijarse en todos los detalles y sacar conclusiones a las que los demás no pueden llegar, motivo por el cual es tan valorado por muchos de sus colegas, uno de los cuales hasta le llama 'Sherlock'. De momento, la saga se completa con tres títulos más, a no ser que John Verdon se anime a alargarla; en principio, mi idea es continuarla, pero si el tercer libro empeora a éste seguramente la dejaré sin terminar.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Viaje a Francia: día 1

Lunes, 17 de julio de 2017

6:45
Después de más de dos semanas de vacaciones, de nuevo tocaba levantarse temprano, aunque esta vez no por trabajo, sino porque en unas horas pondría rumbo a Francia para visitar Toulouse, Carcassonne y Bordeaux con mis amigos Jose y Miguel. Si bien en febrero hicimos una pequeña escapada de fin de semana a Córdoba para resarcirnos del viaje que no pudimos hacer el año anterior debido a que yo estaba enfrascado con las Oposiciones y todo lo que eso conlleva, este viaje era el que realmente estaba esperando con más ganas, por su duración (seis días) y porque sería la primera vez que iría a nuestro país vecino. A pesar de ello, tardé dos o tres minutos en levantarme de la cama para asearme y luego ir a la cocina a prepararme el desayuno que me tomo todas las mañanas: un mollete tostado con aceite y un vaso de leche con Nesquik.
Ya de vuelta en mi habitación, me vestí para luego terminar de hacer la maleta, que ya había dejado prácticamente preparada la tarde anterior, y avisar a Jose por nuestro grupo de Telegram de que ya estaba listo para que viniese con su hermano Fran a recogerme, así como recordarle a Miguel que no se olvidase de meter en su maleta los billetes de avión, de tren y la planificación de los sitios que íbamos a visitar. Tras hacer algo de tiempo en el salón, me despedí de mi madre y me dirigí con mi maleta al comienzo de calle Alcazabilla, donde poco después de las ocho me recogieron para ahora hacer lo propio con Miguel, que nos esperaba en su piso de Teatinos, al que se mudó hace unos meses, aunque nos costó un poco encontrarle. Al llegar al aeropuerto, comprobamos que habían hecho algunas modificaciones en la zona de subida y bajada de pasajeros, que ya no existe como tal, sino que ahora obligan a los coches que llegan a entrar en el aparcamiento y pagar si permanecen allí más de quince minutos, una medida que no tiene otra intención que sacar dinero, por lo que nos bajamos lo más rápido posible para que el hermano de Jose no tuviese que pagar nada.
Nos fuimos directos al control de seguridad, ya cada uno con nuestros respectivos billetes, aunque mis amigos se descargaron una aplicación para el móvil que evita el tener que llevarlo físicamente en papel para probar qué tal funciona, y la verdad es que no tuvieron ningún problema. En lo que respecta al arco de seguridad, a ninguno nos pitó, pero a Jose, tal y como se esperaba, le llamaron la atención por llevar en su maleta un bote de desodorante de más de 150 ml, por lo que tuvo que dejarlo allí. Atravesamos la tienda de dutyfree que se halla justo a continuación (no hay otro remedio que pasar por allí, evidente estrategia para animar a los pasajeros a comprar algo, bueno, a que les roben) y al salir nos topamos con un panel en el que se informaba que la puerta de embarque de nuestro vuelo era la D62, adonde nos dirigimos para hacer cola y así ser de los primeros en subir al avión. Estando allí de pie esperando, vimos que un par de azafatas de easyJet empezaron a pedir el billete y la documentación, así como a poner una pegatina verde en las maletas, para luego agilizar el embarque, lo cual está muy bien pensado, ya que así se asegura ser lo más puntual posible.

9:35
Una vez ya en la pasarela de acceso al avión, abrí mi maleta para sacar la mochila de la cámara y hacer fotos durante el vuelo, ya que supuestamente a la hora de embarcar en esta compañía aérea solamente puedes pasar con un bulto. Nuestros asientos ya estaban asignados por defecto cuando imprimimos los billetes, concretamente el 9D para Miguel, el 9E para Jose y el 9F (el de ventana) para mí, y no como hace algunos años que podíamos sentarnos en cualquiera que estuviera libre, y con suerte en los más amplios situados junto a las salidas de emergencia. Para variar, cabía muy justo en mi asiento, con mis rodillas rozando el de delante, pero al menos tenía cierto margen para doblar las piernas y no estar siempre en la misma postura, cosa que no ocurriría en el vuelo de vuelta, como ya comentaré llegado el momento; entre tanto, con todos los pasajeros ya en sus asientos, las azafatas procedieron a explicar las habituales medidas de seguridad.
Estaba previsto que saliésemos a las 9:55, pero no fue hasta las 10:10 cuando el avión se puso en marcha para cinco minutos después, tras enfilar la pista y dar el preceptivo acelerón, despegar rumbo a Toulouse; a pesar de este mínimo retraso, el comandante comunicó al pasaje a través de la megafonía del avión que llegaríamos a nuestro destino a las 11:45, que era precisamente la hora que estaba programada. El cielo estaba bastante nuboso, que no nublado, lo cual hacía difícil ver lo que había abajo, así que dediqué estos primeros minutos del vuelo a ojear la revista de la compañía, en la cual aparecían recomendaciones de algunas ciudades que comunica easyJet relativas a dónde comer, qué ver y cómo llegar al centro de dichas ciudades desde el aeropuerto; por cierto, que en el caso de Málaga hablaban de qué hacer por la noche considerándolo desde las 16:00, un disparate teniendo en cuenta que en verano llegamos a tener luz solar hasta poco antes de las diez de la noche y que en invierno lo más temprano que se pone el sol es a las seis y media.
Como suele ser habitual en los vuelos que cogemos por la mañana, mis amigos se pidieron un café cuando pasó el carrito del desayuno, concretamente un cappuccino que les costó 3 euros a cada uno. Cuando se lo terminaron, Miguel sacó su móvil y se pusieron con un juego que consiste en encontrar varias palabras a partir de unas letras dadas mientras yo me entretenía mirando por la ventana, pero yo también quería participar, así que les eché una mano cuando se atascaban. A las once ya estábamos sobrevolando el Delta del Ebro, y antes de las y veinte atravesamos los Pirineos, que lógicamente no estaban nevados, por lo que eso quería decir que ya nos quedaba poco para llegar; de hecho, así lo avisaron por la megafonía del avión. Unos minutos antes de las once menos cuarto, aterrizamos en el aeropuerto de Toulouse-Blagnac, donde precisamente tiene su sede Airbus, cuyas naves pudimos ver junto a las pistas.
Bajamos del avión por unas escaleras para luego subirnos a un autobús que nos llevó hasta la terminal, donde, para nuestra sorpresa, tuvimos que esperar una larga cola para el control de fronteras, lo cual no terminaba de entender porque en Málaga no lo tuvimos que pasar, y además no habíamos abandonado el espacio Schengen. Mientras esperábamos, le dije a Miguel que le enviase un mensaje a Renaud, la persona que nos iba a recibir en el apartamento que habíamos reservado, para informarle de que ya estábamos en el aeropuerto y que sobre la una menos cuarto estaríamos por allí. Superado el trámite de este control, salimos al exterior en busca de la parada de la línea AERO, el autobús que conecta el aeropuerto con el centro de la ciudad, el cual tuvimos que esperar algo más de diez minutos a llegase, y pasando cierto calor, aunque al menos pudimos ponernos a la sombra que daba la parada.
Ya en el autobús, tuvimos que pagar 8 € cada uno, un timo teniendo en cuenta que el trayecto apenas dura quince minutos y que, en comparación, para el día siguiente ya habíamos comprado billetes de tren de ida a vuelta a Carcassonne a 9 € y casi una hora de duración por cada trayecto; bien es cierto que había otra posibilidad mucho más barata (1'60 €), pero implicaba una combinación de tranvía y metro que daba un rodeo bastante largo por la ciudad que no nos terminaba de compensar. De camino a nuestra parada, la de Compans-Caffarelli, pasamos por el Stade Ernest-Wallon, el estadio del Stade Toulousain, uno de los equipos de rugby más importantes de Francia y de Europa, y por el Canal de Brienne, por el cual pasearíamos esa misma tarde. Minutos antes de la una nos bajamos del autobús, y tan solo dos después ya nos encontrábamos frente a la puerta del Appartement Université-Capitole, en el 16 Rue des Quêteurs.

13:00
Allí no había nadie, y tampoco obtuvimos respuesta cuando llamamos al timbre, así que Miguel sacó el móvil para avisar a Renaud de que ya habíamos llegado, pero justo en ese momento le vimos venir por un extremo de la calle acompañado de otro hombre. Mientras nos saludábamos, empezó a hablarnos en un español más que decente, lo cual era de agradecer, y a continuación abrió el portón principal para seguidamente abrirnos la puerta del apartamento, situado a apenas un metro más adelante en el pasillo de la planta baja. La apariencia exterior del edificio era bastante deprimente, pero el apartamento no tenía nada que ver, bastante bien cuidado, limpio y bien equipado. Los 230 € que nos costaría ya estaban pagados de unos días antes, así que Renaud solamente tuvo que enseñarnos el apartamento (salón con cocina, un dormitorio y el baño) y dejarnos una carpeta en la que se explican diversos detalles referentes a la televisión, el humidificador, el montaje del sofá-cama, la conexión a la wifi, etc.
Tal y como le habíamos avisado por correo con anterioridad, nosotros tendríamos que dejar el apartamento sobre las once y media de la mañana del jueves, a lo que nos dijo que simplemente tendríamos que dejar uno de los dos juegos de llaves en el apartamento y el otro en el buzón correspondiente. Por último, nos dio un mapa de Toulouse bastante grande para que nos pudiéramos guiar por la ciudad, así que aprovechamos también para que nos diese consejos acerca de dónde comer barato, aunque nosotros ya llevábamos una lista con restaurantes recomendados por TripAdvisor. Cuando Renaud se marchó con su acompañante, nosotros apenas permanecimos más de cinco minutos en el piso porque ya iba siendo hora de almorzar, ya que en Francia, al igual que en casi toda Europa, lo normal es comer sobre las doce o la una, y no queríamos encontrarnos con todo cerrado.
Miguel había buscado dos opciones para comer en el centro (O'Saj y Caminito), por lo que nos fuimos hacía allí por Rue des Salenques y su continuación, Rue des Lois, un par de calles en las que me llamó la atención que había bastantes librerías, al igual que en el resto de la ciudad y en las otras dos que visitaríamos, como descubriría a lo largo del viaje, lo cual me alegró un montón. Desembocamos en la Place du Capitole, la más importante de Toulouse, pero no nos detuvimos porque ya tendríamos tiempo de verla más tarde, así que seguimos por Rue Léon Gambetta. Mi amigo estaba especialmente interesado en la primera opción, un libanés, pero resulta que los lunes cerraba, así que entramos en el otro, un argentino situado en la bocacalle de enfrente. Nos encontramos con un local bastante pequeño en el que solamente había un hombre que se encargaba de todo (tomar nota, cocinar, cobrar...), pero lo hacía con bastante solvencia, atención y amabilidad, y además, como era argentino, pudimos hablar con él en español.
La carta se componía única y exclusivamente de empanadas, todas a 4'20 €, por lo que no había mucho donde elegir. Yo me decanté por una criolla y otra de chorizo, mientras que mis amigos compartirían cuatro (criolla, chorizo, jamón y queso, y tres quesos); en lo que respecta a la bebida, le pedimos una botella de agua del grifo, que en Francia es gratis, una opción a la que recurrimos en casi todos los sitios a los que fuimos a comer o cenar. Las empanadas tenían un tamaño normal, aunque sinceramente me las esperaba algo más grandes, mientras que de sabor estaban bastante buenas; eso sí, lo que nos estropeó un poco la comida fue que en la calle estaban de obras, concretamente con un taladro perforador de suelo y un potente aspirador que recogía los trozos de asfalto que se rompían. Para el postre me pedí un crêpe de dulce de leche, y Jose y Miguel se repartieron otro crêpe y un pionono de dulce de leche; además, el camarero nos animó a pedirnos una jarra de mate suave, a lo cual accedieron Jose y Miguel, ya que a mí no me gustan las infusiones. Tras reposar un poco, nos acercamos a la barra a pagar (39'70 € en total) para a continuación dar comienzo a nuestro recorrido por la ciudad, eso sí, tras sortear las obras que os comenté antes.
Salimos a Rue Saint-Rome, una calle peatonal muy concurrida y repleta de tiendas que, al igual que casi todas las de la zona céntrica, destaca por el tono rosáceo de los ladrillos de sus edificios, y es que por algo Toulouse es conocida como la "ville rose". Luego, nos desviamos a la derecha por la Rue Temponières hasta llegar a uno de los márgenes del río Garona, muy ancho y caudaloso a su paso por esta ciudad, nada ver con nuestro Guadalmedina, y una vez allí entramos en la Basilique Notre-Dame la Daurade. Por fuera hay que decir que no parece un templo, pues su fachada principal se parece más al frontal del Partenón, con seis grandes columnas que sostienen un frontón, que a otra cosa; ya dentro, nos encontramos con que no estaba especialmente iluminada, y los tonos oscuros de las naves tampoco ayudaban a contemplar su grandiosidad. Y hablando de oscuro, lo más destacable de esta basílica es que en una de sus capillas está la Virgen Negra, una pequeña talla muy venerada por los tolosanos, la cual suele estar ataviada con colores muy llamativos.
De nuevo en la calle, avanzamos un poco por el Quai de la Daurade para luego desviarnos por la Rue du Tabac, unos metros antes del Pont Neuf, el más antiguo de la ciudad y que se caracteriza por los grandes orificios que hay en cada pilar para que pase por ahí el agua cuando hay crecidas del Garona. Nuestra siguiente parada fue la del Hôtel d'Assézat, una especie de mansión cuyo patio se puede visitar gratuitamente al estar comunicado directamente con la calle por un arco de entrada y que destaca por su aspecto señorial, su ornamentación y su torre, así como por la tonalidad de ladrillo que ya he comentado antes. El edificio acoge el museo de la Fondation Bemberg, pero no estaba en nuestros planes visitarlo, así que continuamos con nuestra caminata por la capital de la región de Occitania.

15:45
Con el paso de los minutos, el calor apretaba cada vez más, por lo que en la medida de lo posible anduvimos por calles con sombra. Cogimos por la Rue des Paradoux, al final de la cual Miguel se topó con una moto aparcada que era idéntica a la suya, y es que precisamente unos días antes estuvimos hablando de ella porque recientemente le habían robado los reposapiés. A unos metros teníamos la iglesia de Notre-Dame la Dalbade, con una fachada principal muy característica con un gran rosetón y, sobre todo, un pórtico muy colorido y llamativo; por su parte, el interior destaca por su amplitud y su estilo gótico, como delatan sus altos arcos ojivales, su bóveda de crucería y sus numerosas vidrieras. Seguimos nuestro paseo protegidos del sol por la arboleda que bordea el río, pero solo momentáneamente, puesto que para llegar al Stade de Toulouse, situado en una isla en mitad del Garona, no había otra opción que caminar durante unos veinte minutos por un trayecto prácticamente a cielo descubierto, y bien que se notó.
Como era de esperar, el estadio del Toulouse FC estaba cerrado, aunque al menos pudimos ver el terreno de juego a través de una rendija. En realidad no es que tuviésemos mucho interés en visitarlo, ya que, si bien lo reformaron para la Eurocopa de Francia del pasado año, no es muy grande (caben unos 37.000 espectadores) y tampoco es de un club potente como otros que hemos visitado en viajes anteriores, pero la parada futbolística no podía faltar; por cierto, que junto al estadio vimos a varios jóvenes jugando al baloncesto en unas pistas situadas entre los pilares del puente que atraviesa la citada isla, una idea muy curiosa para aprovechar esos espacios. Ahora tocaba deshacer casi todo el camino que habíamos seguido antes hasta llegar al Pont Saint-Michel, el cual recorrimos en su totalidad, de tal manera que ahora nos encontrábamos en la otra ribera del río.
Según lo que tenía planificado, ahora debíamos continuar paseando por el parque Prairie des Filtres, una gran zona verde a la orilla del Garona que une este último puente con el Pont Neuf, pero a mis amigos no les hizo mucha gracia las personas y el ambiente que había por allí, por lo que en su lugar tiramos por una calle paralela. Al final de la misma hicimos un pequeño alto en el camino para entrar en un Carrefour City, donde mis amigos se compraron un botellín de Coca-Cola, además de una botella de agua que compartiríamos los tres, y luego seguimos andando hasta llegar al Quai de l'Exil Républicain Espagnol, una explanada de forma semicircular situada junto al río en la que había una gran noria, así como un terreno de césped con tumbonas y bancos donde la gente aprovechaba para leer o descansar. Nosotros no fuimos menos e hicimos esto último porque, además de que ya habíamos andado bastante, allí se estaba muy a gusto a la sombra y con un aire fresco muy agradable.
A las seis reanudamos la marcha con el Pont Saint-Pierre, al principio del cual pudimos contemplar la Dôme de La Grave, la imponente cúpula de la capilla anexa al hospital del que toma su nombre. Ya en la otra orilla, nos acercamos a una iglesia que estaba a muy pocos metros de nosotros, pero estaba cerrada, así que continuamos con lo que teníamos planificado, concretamente con el canal de Brienne, que es el que comunica el Garona con el canal du Midi, el más importante de Toulouse. Empezamos a recorrerlo desde la esclusa para luego continuar por la Allée de Brienne hasta el primer puente que lo atraviesa, desde donde pude tomar una bella estampa de este canal con su frondosa arboleda.
A continuación, tiramos por el Boulevard Maréchal Leclerc para ir ahora al Jardin Compans-Caffarelli, un parque situado justo enfrente de la parada de bus en la que nos bajamos al mediodía cuando veníamos del aeropuerto y que destaca por su gran extensión, por la tranquilidad que transmite y porque buena parte del mismo está ocupado por el Jardin Japonais, su principal atractivo. Tras pasear por los senderos que surcan este parque, llegamos al jardín japonés propiamente dicho, inconfundible con su casa de té, su lago rodeado de piedras y rocas, su puente, sus plantas y árboles, y diversos elementos decorativos orientales. Después de pasear unos minutos más por el parque, salimos para ir al Carrefour situado en el sótano del centro comercial que está al lado, ya que Jose necesitaba comprar un desodorante para sustituir al que tuvo que dejar en el control de seguridad del aeropuerto, y tras ello cerramos la ruta de la tarde acercándonos a la siguiente bocacalle, la Rue du Canon d'Arcole, en cuyo número 4 nació el famoso cantante Carlos Gardel, tal y como reza la placa de mármol situada en este portal.

19:30
De allí nos fuimos directamente al apartamento a descansar un rato, puesto que casi no habíamos parado en todo el día, y además pasando un calor considerable en ciertos momentos. Aprovechamos que no habíamos tirado la botella de agua que compramos horas antes para llenarla y meterla en el frigorífico, y así tenerla fría para la noche; por otra parte, también montamos el sofá-cama en el que yo dormiría, mientras que mis amigos compartirían la cama de matrimonio de la habitación para así evitar mis ronquidos, lo cual era el principal motivo por el que habíamos optado por un apartamento en vez de por un hotel. Ahora tocaba decidir dónde cenar, para lo cual consultamos la lista que teníamos apuntada, además de buscar otras recomendaciones en TripAdvisor. Las opciones se reducían básicamente a un sitio especializado en hamburguesas y a un libanés, pero el primero lo descartamos porque al día siguiente seguramente iríamos a un sitio similar en Carcassonne que estaba muy recomendado, así que nos decantamos por el segundo a pesar de mis reticencias por lo exótico de esa comida, aunque mis amigos me aseguraron que habría cosas que me gustarían.
Para llegar hasta allí, seguimos el mismo camino que tomamos al mediodía, pero nada más llegar a la Place du Capitole giramos a la derecha por la Rue Romiguières hasta llegar a la confluencia con la Rue Pargaminières, donde se encuentra S Com Saj, que así se llama este libanés. Por lo que veíamos en las otras mesas, todas muy juntas por cierto, lo que más se pedía la gente era un menú compuesto por una galette (como un rollo de kebab) y una tabla con humus, ensalada y crema de queso, pero nos parecía excesivo para una cena, así que nos decantamos por compartir un plato de humus y una galette tabouk (pollo especiado) para cada uno, mientras que para beber pedimos una jarra de agua del grifo. La elección no pudo ser mejor: el cuenco de humus estaba bastante bien para los tres y acompañado de varios trozos de pan libanés, mientras que las galettes de pollo, además de ser muy contundentes, estaban muy buenas.
Por suerte para mí, la elección del sitio había sido todo un acierto, aunque lo que me empañó la cena fue que al poco de llegar allí me empezó a doler la cabeza, y con el paso de los minutos cada vez más. Tras pagar en la barra (25'20 € en total, 8'40 € por cabeza), nos acercamos a la Place du Capitole a sentarnos en los bolardos de piedra que delimitan el carril de los vehículos a ver si con el aire libre se me pasaba el dolor; algo mejoró, pero no lo suficiente como para no ser una molestia. Ya que estábamos allí, aproveché para hacer algunas fotos a la plaza y al Capitole, la enorme sede del ayuntamiento, el cual estaba parcialmente tapado por unos tenderetes blancos que no sé qué utilidad tenían porque estaban cerrados.
El que la plaza estuviese prácticamente expedita de paseantes nos permitió advertir un detalle muy importante, y es que en el suelo, justo en el centro de la misma, está representada la Cruz de Occitania, la cual es uno de los símbolos de la ciudad, ya que aparece en su escudo. Lo más curioso de esta cruz es que tiene doce puntas, y en ellas se muestran los símbolos del zodíaco así como los números del 1 al 12 como si fuese un reloj. A los pocos minutos empezó a iluminarse el Capitole, que es uno de sus grandes atractivos y un motivo más para hacer fotos, pero, entre que me seguía doliendo la cabeza y que todavía había cierta claridad que haría que las fotos no saliesen tan llamativas, preferí dejar esta parte de la visita para la noche del miércoles e irnos ya al apartamento, adonde llegamos sobre las diez.
Lo primero que hicimos fue ducharnos, puesto que dejarlo para la mañana siguiente sería muy arriesgado teniendo en cuenta que sobre las ocho de la mañana tendríamos que coger un tren a Carcassonne. El primero en ducharse fue Miguel, luego Jose y por último yo, con la complicación de que el plato de ducha no tenía cierre alguno, por lo que debíamos tener cuidado para no salpicar mucha agua fuera. Con respecto a la hora de levantarnos, acordamos poner el despertador a las seis y media, apurando el máximo para tener el tiempo justo de asearnos, vestirnos e ir andando hasta la estación de trenes, ya que el desayuno lo haríamos en Carcassonne. A las doce menos cuarto, ya en la cama (mejor dicho, el sofá-cama) y cansado después de haber andado unos 20 kilómetros según el reloj de Jose, me costó coger una postura cómoda, y además hacía algo de calor incluso sin estar tapado; por suerte, el dolor de cabeza iba remitiendo gracias a una pastilla que me dio Jose y tardé poco en quedarme dormido y olvidarme de dichos inconvenientes.

jueves, 24 de agosto de 2017

No es mío, pero es interesante (CV)

Ya tenemos aquí una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han gustado en las últimas semanas. Como viene siendo habitual, algunos blogs consiguen colar más de un post, como son los casos de Microsiervos e Hipertextual, con diez y cuatro aportaciones, respectivamente. Y lo que tampoco cambia es la variedad de contenidos, pues hay un poco de matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Echémosle un vistazo a la lista de hoy:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

miércoles, 16 de agosto de 2017

El signo de los cuatro

El tercer libro que ha caído en mis manos este verano ha sido 'El signo de los cuatro', la segunda obra en la que el escritor británico Arthur Conan Doyle relata las dotes detectivescas del genial Sherlock Holmes.
El detective Sherlock Holmes y el doctor John Watson reciben en su domicilio londinense del 221B de Baker Street la visita de la joven institutriz Miss Mary Morstan, quien acude al señor Holmes para que averigüe qué ha pasado con su padre, el capitán Morstan, pues no sabe nada de él desde hace diez años; además, desde hace seis recibe cada año una perla de un collar de un remitente anónimo, y ese mismo día le ha llegado una carta en la que se le ruega que acuda a una cita y en la que se añade que hasta ahora ha sido perjudicada y se le debe hacer justicia. Holmes y Watson acompañan a la joven a esta misteriosa cita, que resulta estar organizada por Thaddeus Sholto, uno de los hijos gemelos del mayor Sholto, amigo del padre de Mary y que compartió regimiento de infantería en la India años atrás. Al parecer, tanto el capitán Morstan como el mayor Sholto tenían un tesoro que ha estado escondido hasta entonces y, tras la muerte de ambos, a ella le corresponde la mitad del mismo. Cuando acuden a la casa del hermano de Thaddeus para recoger el tesoro, resulta que éste ha sido asesinado y que el tesoro ha desaparecido.
He tardado seis años en continuar el canon holmesiano con su segunda novela tras haber comenzado con 'Estudio en escarlata', y la verdad es que ha sido una pena haber esperado tanto, ya que gracias a 'El signo de los cuatro' he tenido la oportunidad de volver a disfrutar de la sagacidad y de los geniales razonamientos deductivos de Sherlock Holmes, uno de los detectives más célebres de la literatura, así como del doctor Watson, su inseparable compañero y excelente narrador de la trama. Es en este título donde se da buena cuenta de la afición de Sherlock a consumir drogas, puesto que, según él, es lo único que estimula su mente a falta de casos que resolver que le saquen de la aburrida rutina de la existencia, y también donde aparece una de sus citas más famosas: "Una vez eliminadas todas las demás posibilidades, la única que queda tiene que ser la verdadera". La estructura del libro es muy similar a la de su precedente: el caso se expone, se investiga y se resuelve, y al final se incluye un relato en el que se narra la historia oculta tras el caso, aunque lo bueno es que esta vez no ocupa tantas páginas como en 'Estudio en escarlata'. Lo malo, que es muy corto, poco más de 150 páginas, aunque al menos me queda el consuelo de que el canon holmesiano está compuesto por otras dos novelas y cinco colecciones de relatos, por lo que todavía tengo mucho Sherlock por devorar.

viernes, 4 de agosto de 2017

Espía de Dios

El segundo libro que he leído este verano, tras haber pasado unos días de viaje, ha sido 'Espía de Dios', del escritor español Juan Gómez-Jurado.
El papa Juan Pablo II acaba de fallecer y la Ciudad del Vaticano se prepara para darle el último adiós, al tiempo que más de cien cardenales se disponen a asistir en los próximos días al cónclave en el que deberán elegir a su sucesor, pero algunos de ellos no podrán acudir. Dos de estos cardenales aparecen asesinados con varias partes de sus cuerpos mutiladas y misteriosos mensajes bíblicos en las escenas del crimen. La inspectora y psiquiatra criminalista Paola Dicanti, con la colaboración del padre Anthony Fowler, un ex militar norteamericano, será la encargada de dar caza a un asesino que resulta ser un sacerdote con un turbio pasado plagado de abusos sexuales a menores, motivo por el cual tuvo que pasar un tiempo en el Instituto Saint Matthew para ser rehabilitado. Desde el Vaticano se intenta ocultar estas muertes para que no interfiera en la celebración del cónclave, pero el asesino tratará de que salgan a la luz mientras sigue acabando con más vidas.
Descubrí este thriller hace unos años en una de mis visitas a las librerías de mi ciudad en busca de nuevos títulos que añadir a mi larga lista de futuribles lecturas. Por su sinopsis deduje inmediatamente que se trataba de una novela del estilo de 'Ángeles y demonios', y de hecho lo publicitaban así, con la coletilla de estar mejor documentado y redactado. Será por gustos, pero yo disfruté más el libro de Dan Brown, lo cual no implica que el de Juan Gómez-Jurado no me haya gustado. No pongo en duda que el que acabo de leer tenga más trabajo de documentación por detrás y que sea muy más realista que el del discutido novelista estadounidense, lo que lo hace más creíble, pero no me ha enganchado tanto como esperaba, y esto es algo que yo valoro, y mucho, en este género que mezcla misterio, crimen y religión. Como aspecto destacable sobre otros libros de esta temática es que al poco de empezar ya se sabe quién está detrás de esos macabros asesinatos, lo cual para muchos lectores es un punto negativo y para otros positivo (a mí me da un poco igual), pero lo que más me ha trastornado de esta novela es el ir y venir entre las dos líneas temporales en las que tiene lugar la trama; eso sí, como autocrítica tendría que decir que he acusado la falta de ritmo tras tirarme diez meses sin leer y que además estos días he estado liado con la planificación de un viaje, por lo que mi cabeza no estaba del todo centrada en esta lectura. Es el primer libro de Juan Gómez-Jurado y tengo entendido que los siguientes son mejores, así que es probable que más adelante lo tenga en cuenta.